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La vergonzosa muerte del enfermizo Thomas Jefferson por culpa de una diarrea que duró 25 años

Thomas Jefferson «nacido el 13 de abril de 1743» es conocido por logros tales como ser uno de los autores principales de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos; haber ocupado la poltrona como tercer presidente de la misma nación en 1801 y -entre otras tantas cosas- favorecer la mítica expedición de Lewis y Clarck hasta el Océano Pacífico.

La etapa final de su vida estuvo alejada, por el contrario, de los focos públicos. Y es que, en los últimos 25 años tuvo que luchar contra multitud de enfermedades como las migrañas, la disuria o la diarrea crónica. Esta última, una dolencia que -junta a varias más- le provocó la muerte en 1826.

En vida, y a pesar de que llegó a adquirir decenas de tratados de medicina, Jefferson se mostró reticente a los remedios de su tiempo. La historiadora Gaye Wilson afirma en uno de sus artículos sobre este curioso personaje que el presidente creía que era imposible hallar remedio a la ingente cantidad de dolencias que pueden surgir en el cuerpo humano. «Esa mentalidad le hacía creer que lo mejor era dejar que la naturaleza sanara el cuerpo y que las medicinas solo debían ser introducidas en el cuerpo si la enfermedad era conocida y se sabía que el medicamento aceleraba el proceso natural de curación», determina la experta.

Este escepticismo contrasta radicalmente con el apoyo que Jefferson dio, por ejemplo, a la lucha contra la viruela. Un virus que él mismo se inoculó en 1766 (cuando apenas sumaba 23 primaveras) en forma de vacuna y que, pocos años después, también inyectó a sus hijos, nietos y esclavos. Y es que, a pesar de ser reticente a los nuevos remedios, no dudaba en defenderlos cuando se corroboraba su efectividad.

Migrañas
Más allá de la extraña relación de Jefferson con la medicina, el que fuera el tercer presidente de los Estados Unidos se vio aquejado durante toda su vida adulta de severos dolores de cabeza periódicos que empeoraban, según él mismo dejó escrito, durante las horas de luz. Por ello, el político terminó apostando por pasar el mayor número posible de horas encerrado en una habitación oscura hasta la llegada de la noche.

Según explica el doctor Genis Carrasco en su obra «El paciente inteligente», todo apunta a que estas molestias eran propias de una migraña. Una molestia que «se caracteriza por un dolor de tipo pulsátil, generalmente en un lado de la cabeza, de leve a intenso, asociado a malestar general y con aumento de la sensibilidad a la luz».

En sus «Notas sobre Virginia», publicadas en 1785, el mismo Jefferson describió el momento en el que sufrió una de estas terribles migrañas mientras paseaba por el «Natural bridge» de Virginia, un arco natural de más de 65 metros de altura. Él lo definió como «un violento dolor de cabeza» que le atacó a lo largo de este bello paraje «ubicado en una colina que parece haber sido abierta en toda su longitud por una gran convulsión».

Para paliar estos severos dolores, Jefferson solía tomar corteza peruana (quinina). El remedio le funcionó hasta mayo de 1790, mes en el que no le redujo una migraña prolongada que se extendió durante varias semanas.

¿Qué le causó aquel tormento?

Según desvela el historiador Henry Stephens Randall en «La vida de Thomas Jefferson», la «asunción federal de las deudas estatales» que se debatía en el Congreso. «Durante la mayor parte del mes de mayo, Jefferson estaba demasiado enfermo para atender muchos asuntos por el efecto de una enfermedad algo peculiar, un dolor de cabeza que padecía en principio solo a intervalos». En este caso, sin embargo, le molestó durante varios días y con tal violencia que le llevó postró en la cama.

Después de intentar reducir las molestias por todos los medios, el político descubrió que lo único que le atenuaba la jaqueca era huir de sus deberes como gobernante. Y así se lo hizo saber a su hija Martha en una carta que le escribió posteriormente: «La relajación me ha liberado de los dolores de cabeza casi constantes que me han perseguido desde el invierno a la primavera. Que hayan permanecido alejados durante el viaje demuestra que era ocasionados por la monotonía de los negocios».

Pero las migrañas no fueron las únicas dolencias que le atormentaron. Tras descubrir que el estrés le afectaba soberanamente a la cabeza, Jefferson también sufrió de reuma, una enfermedad que trató de paliar mediante las aguas medicinales de varios manantiales.

Por si fuera poco, en el cuerpo también le salieron de forma puntual erupciones y forúnculos que trató de paliar -en palabras de la historiadora- con «mercurio y azufre». «Creía que estas dolencias le llevarían a la muerte, pero tras dejar de usar los remedios se recuperó inmediatamente. Eso aumentó su creencia en la idea de que la naturaleza, y no la medicina, producía la curación», añade Wilson.

Secreto vergonzoso
Sin embargo, de todas las enfermedades y dolencias que padeció, hubo una que le avergonzó especialmente durante los últimos 25 años de su vida: una diarrea crónica que trató de paliar por todos los medios y que, a la larga, fue una de las causas que le provocó la muerte.

De hecho, tan humillante le parecía este dolor, que cuando se refería a él le denominaba «queja visceral». Y eso, en las escasísimas ocasiones en las que por su boca salía alguna palabra que hiciera referencia a este mal. No en vano, y según explica el historiador Andrew Burstein en su obra «Jefferson’s Secrets, Death and Desire at Monticello», el famoso político escondió esta enfermedad a su familia durante lustros.

La aparición de esta enfermedad en el organismo de Jefferson fue totalmente fortuita. De hecho, antes de su llegada a la presidencia de los Estados Unidos (en 1801), el político siempre había presumido de tener un tránsito intestinal normal. «He sido bendecido con órganos de digestión que aceptan y elaboran, sin jamás murmurar, lo que sea que el paladar elija imponerles, y todavía no he perdido un diente por la edad», le explicó en una ocasión al también padre fundador, médico y amigo Benjamin Rush.

Aquella alegría le duró poco.

Tras ser elegido como el mandamás de los Estados Unidos, Jefferson empezó a tener una serie de problemas intestinales que derivaron en la aparición de una diarrea crónica. Es decir, una «variación significativa de las características de las deposiciones respecto a su hábito deposicional previo, tanto en cuanto a la cantidad o aumento de la frecuencia, y con disminución de la consistencia», tal y como desvelan los doctores M. Esteve Comas y F. Fernández Bañares en la obra colectiva «Tratamiento de las enfermedades digestivas».

Para un hombre que daba tanta importancia a su imagen pública, aquella dolencia le supuso un verdadero quebradero de cabeza. Burstein baraja la posibilidad de que Jefferson mantuviera en secreto esta dolencia durante años para evitar el escarnio público: «Hasta que estuvo a punto de morir, no dijo a su familia que había sufrido diarreas periódicas desde el comienzo de su presidencia».
Aquella alegría le duró poco. Tras ser elegido como el mandamás de los Estados Unidos, Jefferson empezó a tener una serie de problemas intestinales que derivaron en la aparición de una diarrea crónica. Es decir, una «variación significativa de las características de las deposiciones respecto a su hábito deposicional previo, tanto en cuanto a la cantidad o aumento de la frecuencia, y con disminución de la consistencia», tal y como desvelan los doctores M. Esteve Comas y F. Fernández Bañares en la obra colectiva «Tratamiento de las enfermedades digestivas».

Para un hombre que daba tanta importancia a su imagen pública, aquella dolencia le supuso un verdadero quebradero de cabeza. Burstein baraja la posibilidad de que Jefferson mantuviera en secreto esta dolencia durante años para evitar el escarnio público: «Hasta que estuvo a punto de morir, no dijo a su familia que había sufrido diarreas periódicas desde el comienzo de su presidencia».
La versión oficial, sin embargo (la que dio su nieto, Jefferson Randolph), es que este político no había querido preocupar a sus seres queridos. «Es cierto que habló con sus parientes más cercanos otras dolencias, pero nunca sobre la diarrea. Era un hombre que se resistía a hablar de cosas tan desagradables», añade Burnstein en su obra.

Con todo, a medida que el problema se resistía a desaparecer y Jefferson iba sumando años, perdió la esperanza de encontrar una cura a la diarrea y llegó a tomarse el problema con cierta sorna. Así lo atestigua un mensaje que envió a Madison, uno de sus confidentes más cercanos en la última etapa de su vida (a mediados de 1825), en el que le señalaba que uno de sus viajes a la universidad le había «traído grandes sufrimientos» que solo había podido paliar «en intervalos de 20 a 45 minutos».

¿Solución?
La primera vez que Jefferson dejó constancia de las preocupaciones que le causaban sus problemas intestinales fue en 1803. Ese año, escribió una carta al doctor Rush en la que le explicó su dolencia con la esperanza de que pudiera eliminarla de algún modo. Para su desgracia, el médico le aconsejó unos métodos tan curiosos como beber la leche extraída de los pechos de una mujer. Y es que, según el galeno, conocía el caso de una «vieja enfermera» que, tras padecer diarrea durante nada menos que tres años, se había curado así.

En defensa del médico habría que decir que también le indicó al presidente que podía sustituir esta bebida por leche de vaca con azúcar. Con todo, ninguno de estos remedios le sirvió para exterminar aquella molesta diarrea crónica.

Tampoco fue útil para el político estudiar un libro sobre las buenas prácticas para la salud que le entregó John Sinclair. Obra en la que se explicaba que el exceso de sueño inhibía las correctas evacuaciones; se confirmaba que las «deposiciones sueltas y abundantes» podían solucionarse manteniendo el cuerpo caliente debido a que la sudoración fortalecía los intestinos y, finalmente, se señalaba que esta dolencia podía evitarse con pequeños trucos como beber vino tinto en lugar de blanco. No hay constancia de que estos «apaños» sirvieran al presidente.

En palabras de Burstein, es probable que Jefferson lo intentara todo para detener aquella diarrea. Desde ingerir arroz hervido con leche y canela, hasta comer únicamente «los tipos más ligeros de carne». «En cuanto a la bebida, se solía afirmar que el paciente podía tomar gachas y un caldo débil hecho de carne magra de ternera o de oveja, pero que no debía beber caldo de pollo, ni ingerir carnes de digestión dura», completa el experto en su obra.

Con todo, para casos tan severos como el de Jefferson, el autor señala que la única solución de entonces era tomar opiáceos hasta que «la tranquilidad mental y la alegría» arribasen a la turbada mente del paciente.
A pesar de los fracasos, el insistente Jefferson logró finalmente reducir las molestias que le provocaba su diarrea crónica mediante algo tan sencillo como montar a caballo y dar largos paseos de entre dos y tres horas al día. Un remedio que le aconsejó el médico inglés Thomas Sydenham. De hecho, escribió que aquellas soluciones le «fortalecían las entrañas». Para su desgracia, con el paso de los años esta enfermedad se fue haciendo más persistente e intensa.

Durante los últimos años de su vida (y siempre en palabras de Burstein) Jefferson aceptó el tratamiento prescrito por el doctor Robley Dunglison, quien se limitó a recetarle láudano para que pudiera continuar su vida sin dolores. Así lo dejó claro el propio político en una misiva enviada en 1825, un año antes de fallecer: «Anteayer paseé por mi jardín en una caminata de media hora, sin ningún inconveniente. Supongo que, con cuidado y láudano puedo vivir normalmente». Aquel fue el tratamiento que siguió el padre fundador hasta poco antes de fallecer.

Extraña muerte
La última etapa en la vida de Jefferson fue convulsa. Después de ser sustituído en la poltrona presidencial por su amigo James Madison en 1809, viajó hasta Monticello (Virginia), donde pasó sus últimos años tratando de sobrevivir a la diarrea y las ingentes deudas que atesoraba. A sus 76 primaveras ayudó a funda la universidad de este estado, en la que sirvió como su primer rector. Ese fue su último acto público destacable

Por si su pelea contra la diarrea no fuese suficiente, Jefferson se vio obligado además a combatir contra otras enfermedades como la disentería (muy extendida por entonces en Monticello), o la irritabilidad de vejiga. Esta última fue una dolencia que le aquejó desde 1825 y para la que, nuevamente, los médicos no hallaron cura. Los dolores generados por la disuria (dificultad o dolor en la evacuación de la orina) le terminaron postrando en la cama.

Jefferson murió el 4 de julio de 1826, durante el cincuenta aniversario de la firma de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos. A día de hoy, se desconoce la causa concreta, pues padecía multitud de enfermedades. Con todo, autores como Burstein son tajantes: «Aunque la disuria puede haber desempeñado un papel en la aparición de su enfermedad final, la causa oficial de la muerte de Thomas Jefferson fue la diarrea crónica». Wilson ni apoya ni desmiente esta teoría en sus textos. Por el contrario, se limita a señalar que, antes de marcharse al otro mundo, estaba tranquilo y se negó a tomar más láudano. ABC

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